sábado, 17 de septiembre de 2016

MARTIRIO DE CATÓLICOS EN JAPÓN EN 1597



Como en el resto de Asia, la presencia de los jesuitas en Japón se remonta a la evangelización que San Francisco Javier llevó a cabo en este continente en el siglo XVI. El 15 de agosto de 1549 , San Francisco Javier , Cosme de Torres (sacerdote jesuita ), y el padre Juan Fernández llegaron a Kagoshima desde España con las esperanzas de llevar el catolicismo a Japón . Javier visitó a Shimazu Takahisa , el daimyō de Kagoshima, pidiéndole permiso para construir la primera misión católica en Japón.



Originalmente, el shogunato y el gobierno imperial apoyaron la misión católica, pensando que esto reduciría el poder de los monjes budistas , y ayudaría a las relaciones comerciales con España y Portugal . De todos modos, el shogunato era precavido por el asunto del colonialismo , viendo que en las Filipinas los españoles habían tomado el poder tras convertir a la población (y que otros poderes coloniales habían hecho lo mismo en otros sitios). El gobierno fue considerando cada vez más al catolicismo como una amenaza, y comenzó a perseguir a los cristianos. Posteriormente, la iglesia católica fue prohibida y aquellos que rehusaban abandonar su fe eran asesinados.
Finalmente, el Taikō Toyotomi Hideyoshi condenó a muerte a veintiséis cristianos – cinco misioneros europeos franciscanos , uno franciscano mexicano ( San Felipe de Jesús ), tres jesuitas japoneses y diecisiete laicos japoneses, incluidos tres niños. Los portugueses , españoles y los cristianos japoneses que contemplaban la escena, no pudieron resistir más y, rompiendo el cordón de soldados, corrieron hacia las cruces. Empapaban en la sangre trozos de paño, recogían la tierra santificada, se llevaban pedazos de los hábitos y kimonos de los mártires.
En los años posteriores la persecución continuó esporádicamente, explotando otra vez entre 1613 y 1637 , tiempo durante el cual el catolicismo estuvo oficialmente prohibido.
FUENTE: elrincondedario.blogspot.com

domingo, 11 de septiembre de 2016

EL TESORO DEL GALEON CONCEPCION



En 1641, la nave insignia de la flota española en el nuevo mundo, que zarpó de Veracruz con rumbo a España, naufragó en una tormenta al ser lanzada contra un arrecife unos 130 kilómetros al norte, de lo que es hoy la República Dominicana. El nombre del galeón era Nuestra Señora de la Limpia y Pura Concepción, llamado también simplemente El Concepción.



Los supervivientes del naufragio habían asegurado que las bodegas de la nave no bastaban para contener todas las riquezas del valioso cargamento. Los españoles llevaron a cabo varios intentos infructuosos de localizar los restos en el arrecife. La peligrosa masa de coral en la que había zozobrado el barco tenía casi 65 kilómetros de longitud, y en algunos lugares más de uno y medio de ancho. Otras naciones y algunos bucaneros hispanos trataron también, en vano, de encontrarlo.
En 1687, 46 años después del naufragio, William Phips, joven agricultor de Nueva Inglaterra, que se hizo carpintero de buque y capitán de la marina mercante, obtuvo información del lugar del hundimiento y decidió probar suerte. Con dos buques bien armados, levó anclas con rumbo a las Antillas. El capitán Phips atravesó el Atlántico a bordo del James and Mary, y fondeó en la bahía de Puerto Plata, en la costa norte de la República Dominicana.
Dijo a las autoridades españolas que estaba allí en misión comercial, y con ese pretexto envió el otro buque, el Henry, junto a su ayudante el capitán Francis Rogers y a un grupo de buzos nativos a buscar los restos del naufragio, mientras él permanecía en puerto para vigilar que nada interfiriera su verdadera misión. Los buzos encontraron fragmentos del Concepción, que Rogers describió con algo de exageración, como el barco más rico que jamás había zarpado de las Indias Occidentales.



En su cuaderno de bitácora, que ningún otro buscador de tesoros leyó hasta 1978, Rogers describía con todo lujo de detalles y datos la posición del Concepción. Los dos barcos pasaron 59 días en el lugar del naufragio y luego zarparon para Inglaterra con casi 30 toneladas de monedas, barras y planchas de plata, más de once kilos de oro en lingotes y varios sacos con piedras preciosas. Aunque Phips y Rogers sabían que aún quedaba parte del tesoro en el Concepción, aquella fue su última expedición.
Pero la leyenda y el atractivo del Concepción perduraron y, durante unos trescientos años, el barco fue señuelo de cientos de buscadores de tesoros, expediciones algunas de ellas encabezadas por Jacques Cousteau. Todas fracasaron, hasta que un joven norteamericano, Burt Webber, se interesó en el asunto.



Webber, que se crió en una pequeña localidad de Pennsylvania, era de salud delicada. A los dos años tuvo un eccema crónico que no respondía a ningún tratamiento, padecía también asma bronquial, que a menudo le dejaba sin aliento. A pesar de esas dolencias, disfrutaba de las actividades físicas y la búsqueda de históricos naufragios. Fracasos como la búsqueda del tesoro del carguero Atocha o el Galeón Nuestra Señora de las Maravillas, naufragado en 1656, dejaron a Burt muy deprimido y angustiado. Por un tiempo pensó que estaba predestinado a no encontrar jamás tesoro alguno. Durante once años había estudiado y aprendido. Se hizo experto en el manejo de instrumentos electrónicos submarinos, y todo ello no le había servido de nada.
Si bien Burt desempeñó diversos trabajos para sostener a su familia, en ningún momento echó su sueño al olvido…
Continuó sus investigaciones en la Biblioteca del Congreso, en la capital estadounidense, y en los archivos españoles. Fue allí donde conoció a Haskins Eduard, que durante años había investigado acerca del Concepción en España, en el Museo Británico y en otros archivos de Inglaterra. Había hallado el cuaderno de bitácora de William Phips. Pero era el cuaderno de bitácora del Henry, barco que acompañaba al de Phips, el que muy probablemente guardaba el secreto del tesoro sumergido. No había pistas del otro cuaderno, pudo haberlo pasado por alto inadvertidamente, o haberse perdido o destruido en los bombardeos de Inglaterra durante la Segunda Guerra Mundial.



En abril de 1978 un profesor de la facultad de economía de Londres, Peter Earle, quien se proponía escribir un libro sobre el tema, escribió a Haskins una carta que incluía unas frases escritas como al azar,“ Dicho sea de paso, tengo el cuaderno de bitácora de Francis Rogers“, no me interesa la búsqueda del tesoro sino la historia. Tiene usted algo de eso?.
Y allí estaba,… detalles de latitud, puntos
El 30 de noviembre después de meses de exploración con equipos de alta tecnología, Webber y sus buceadores encontraron el Concepción. Los restos se encontraban en una grieta submarina entre los corales.,unos grandes obstáculos para la navegación que salían a la superficie durante la marea baja. El descubrimiento fue noticia en todo el mundo. de referencia del buque fondeado, descripciones de la cresta del arrecife que enmascaraba el tesoro, todo con una minuciosidad que excedía lo esperado.



Un total de 60.000 monedas de plata fueron recuperadas por el equipo de Webber, además de multitud de artefactos y cadenas de oro. Los artefactos y el oro fueron entregados al gobierno de la República Dominicana como parte de su patrimonio cultural, proclamando a Webber héroe nacional.
Según Webber si todo esto desaparece en manos privadas, no es beneficioso para el interés público, no hay oportunidad de estudiarlo y admirarlo. En el caso del Concepción parte de lo que allí se recuperó paso a formar parte del patrimonio del país, conservado por el Museo Nacional. Webber y sus socios se negaron a entrar en detalles acerca de la cuantía del tesoro. El peso de la plata en sus distintas formas pudo ser calculado indudablemente en toneladas.
Cálculos extraoficiales lo estiman en miles de millones de dolares. Si contamos las 30 toneladas de monedas y parte del tesoro que fue rescatado por el capitán William Phips en 1687, indudablemente bien podría ser el mayor tesoro encontrado en todo el siglo pasado…Sin lugar a dudas si era cierto que las bodegas del Concepción no bastaban para contener todas las riquezas,..¡ quizás la avaricia puedo romper el barco!.
FUENTE:elrincondedario.blogspot.com

sábado, 10 de septiembre de 2016

EL DESCUBRIMIENTO DEL NUEVO MUNDO: LOS HERMANOS PINZONES



Los hermanos Pinzón fueron marinos de gran prestigio y gracias a sus diferentes viajes comerciales y de cabotaje ganaron fama y una situación holgada, que les permitió gozar de respeto y reconocimiento entre sus pares. La estratégica posición que ofrecía el histórico puerto de Palos, permitió que fuera el lugar desde donde partieran la mayoría de sus armadas, organizadas, en muchas ocasiones, por esta familia.



Martín Alonso y Vicente Yáñez, capitanes de las carabelas La Pinta y La Niña, respectivamente, son los hermanos más conocidos, pero hay un tercero, menos popular, que iba a bordo de La Pinta como maestre: Francisco Martín. Martín Alonso fue el hombre gracias al cual se consiguió que la marinería de la zona del Tinto-Odiel se animara a participar en la empresa de Colón. Asimismo apoyó económicamente el proyecto, aportando dinero de su hacienda personal. Francisco, el maestre de La Pinta, parece que, además de en el primero, participó también en el tercero y cuarto de los viajes colombinos, pero, por ser su nombre muy común, sus datos biográficos se confunden con otros homónimos de su época. Por último, Vicente Yáñez, el menor de los tres hermanos, además de participar en el primer viaje de Colón, una vez finalizado el monopolio colombino, realizó otros viajes de descubrimiento por su cuenta, entre los que cabe destacar el descubrimiento de Brasil.
Los hermanos Pinzón vivieron en la época de mayor esplendor del puerto de Palos, participando en la mayoría de las actividades que se realizaban desde dicho puerto.
El histórico puerto estaba ubicado en el curso inferior del río Tinto, llamado en esta zona Canal de Palos, a unos cuatro kilómetros de su desembocadura en el Atlántico y confluencia con el Odiel. Probablemente surgió de forma coetánea al crecimiento de la propia villa, siendo en sus inicios un fondeadero para pequeñas naves dedicadas, casi exclusivamente, a la pesca y a ocasionales transacciones comerciales de abastecimiento de la pequeña población de la zona.



En vísperas del Descubrimiento de América, toda la ribera comprendida entre los actuales muelles de Palos y La Rábida fue testigo de las actividades portuarias de la villa. A partir del primer tercio del siglo XV, el Puerto de Palos experimentó un auge continuo que rebasó el estrecho marco comarcal alcanzando dimensiones internacionales, como lo atestigua el hecho de que naves inglesas, bretonas, flamencas e italianas fondearan en sus aguas con cierta frecuencia.



Entre las familias que habitaban en Palos en el siglo XV, los Pinzón eran una de las principales. Familia de posible origen aragonés, que habrían llegado a Andalucía procedentes de la Montaña (actual Cantabria) o Asturias. Según algunos historiadores este apellido podría ser una deformación del término Espinzas o Pinzas. Sin embargo, para otros, el verdadero apellido familiar sería Martín, apellido muy extendido y de larga tradición en la localidad, nombre del abuelo, que fue marinero y buzo en Palos, al que apodaron Pinzón cuando se quedó ciego, ya que su afición a cantar recordaba a los palermos a los pájaros pinzones, a los cuales se cegaba para que su canto fuera más bello. Su hijo, también marinero e igualmente llamado Martín Pinzón, fue el padre de los tres hermanos que participaron en el Descubrimiento de América. En cuanto a la madre, se llamaba Mayor Vicente, por lo que los tres marinos eran hermanos de padre y madre, siendo sus apellidos Pinzón y Vicente.
Martín Alonso Pinzón
Se calcula que nació aproximadamente sobre 1441 y falleció alrededor del 31 de marzo de 1493. Era el mayor de los tres hermanos y fue el capitán de La Pinta. Parece que desde muy joven navegó en las carabelas palermas como grumete. Vivió en una casa situada en el antiguo camino real a la Rábida, y contrajo matrimonio con una vecina de la localidad llamada María Álvarez. Tuvieron cinco hijos. Dos varones: Arias Pérez y Juan Pinzón, que participarían en varias expediciones por tierras americanas, y tres hijas: Mayor, Catalina y Leonor, la pequeña, que sufría frecuentes ataques de lo que antiguamente llamaban "gota coral" y que actualmente se denomina epilepsia.


MARTIN ALONSO PINZON


Las fuentes lo señalan como el líder de la comarca y famoso por sus batallas contra los portugueses en la guerra contra el reino lusitano. Es probable que Colón tuviera en Portugal noticias sobre Martín Alonso, ya que éste era conocido por su participación en la citada guerra, además de por sus incursiones náuticas tanto en Canarias como en Guinea.
Participó como capitán de La Pinta y aportó una parte de los gastos en metálico del viaje descubridor. Gracias a su reconocido prestigio como armador y marino experto se consiguió enrolar a la tripulación necesaria para el primer viaje colombino, ya que tenía una destacada influencia en toda la comarca del Tinto-Odiel.
El 23 de mayo de 1492 se leyó a los vecinos de Palos la real provisión por la cual se ordenaba, a ciertos vecinos, entregar dos carabelas a Colón y partir con él en el viaje que iba a realizar "por mandado de Sus Altezas". La villa acata la decisión real pero no la cumple. Los marinos palermos desconfiaban de embarcarse en aquella aventura con un desconocido como lo era Colón para aquellas gentes. Los hombres de Palos difícilmente secundarían al genovés a no ser que le acompañara algún navegante respetado en la villa. La aventura, arriesgada y, sobre todo, de ganancia incierta, no presentaba grandes atractivos. La oposición y la indiferencia por el proyecto de Colón fueron generalizadas.



Los franciscanos de La Rábida pusieron en contacto al genovés con el marino palermo. También Pero Vázquez de la Frontera, viejo marino de la villa muy respetado por su experiencia, y amigo de Martín Alonso, influyó de manera importante para que el mayor de los Pinzón se decidiera a apoyar la empresa no solo moralmente sino también económicamente. Martín Alonso desechó los barcos que había embargado Colón y despidió también a los hombres que éste había enrolado, aportando a la empresa dos carabelas, la Pinta y la Niña. Además, fue por Palos, Moguer y Huelva, convenciendo a sus parientes y amigos de que se enrolasen, consiguiendo con ello la mejor tripulación posible. Capitaneó la carabela la Pinta, desde la cual Rodrigo de Triana avistó la tierra americana.
Colón, en su diario, habló favorablemente de Pinzón en diversas ocasiones. Sin embargo, una vez descubiertas las Indias, la relación entre ambos cambió radicalmente a partir del 21 de noviembre de 1492, cuando Martín Alonso se separa de Colón. El ya almirante lanzó contra Pinzón serias acusaciones de deserción, (y no solo contra Martín Alonso, sino también contra sus hermanos, incluso contra Vicente que le había socorrido cuando la Santa María naufragó). Sin embargo, tanto en testimonios de los pleitos colombinos, como parte de la historiografía especializada, no concuerdan con que estos hechos ocurrieran así, asimismo tampoco consta ninguna acusación contra Pinzón en las cartas anunciando el descubrimiento que Colón escribió al regreso de su primer viaje.



En el viaje de regreso, la carabela de Pinzón se volvió a separar a causa de una tormenta, y Pinzón llegó al puerto de Bayona antes de que Colón arribara a Lisboa.
Parece que Martín Alonso, una vez que llegó a Bayona, trató de enviar noticias a los monarcas de los descubrimientos y exploraciones realizadas. De Bayona se dirigió a Palos, llegando al puerto de partida el día 15 de marzo de 1493.
Para Martín Alonso el viaje de regreso fue letal, ya que padecieron una gran tormenta, por lo que el cansancio acumulado reactivó las fiebres recurrentes que padecía y falleció a los pocos días de regresar de las nuevas tierras descubiertas. Según los testimonios, fue trasladado a la Rábida donde falleció y fue sepultado, como era su voluntad.
Francisco Martín Pinzón
Nació alrededor de 1445 y falleció aproximadamente en 1502. Era el segundo de los hermanos y participó como maestre, es decir, segundo de a bordo, en la carabela La Pinta cuando desde ésta se descubrió América. Si bien es el marino menos conocido de los hermanos Pinzón, no tuvo una participación menor en los diferentes viajes tanto de descubrimiento como al servicio de la Corona.
Su historia personal y familiar es confusa, ya que tuvo varios parientes que llevaban su mismo nombre, por lo que los historiadores suelen confundirlos con frecuencia. No obstante, parece ser que estuvo casado con Juana Martín y tuvo al menos una hija, que aparece en la documentación como "huérfana y pobre".
Con su hermano Vicente, hizo varios viajes a Italia y África en servicio de la Corona. En noviembre de 1493 protagonizó un asalto en la costa de Argel, junto a Juan de Sevilla, Rodrigo de Quexo y Fernando Quintero. En 1496 llevó dineros y bastimentos a las tropas españolas que combatían en Nápoles. Posteriormente participó de nuevo en dos de los viajes colombinos, el tercero y el cuarto donde, según el testimonio de su compañero en muchas expediciones, Rodrigo Álvarez, fallece ahogado.Vicente Yáñez Pinzón
Vicente Yáñez Pinzón
Nació aproximadamente en 1462 y falleció alrededor de septiembre de 1514, y era el menor de los hermanos. Participó como capitán de La Niña en el viaje descubridor. Realizó otros descubrimientos por su cuenta. Es considerado historiográficamente como el descubridor del Brasil.
Era el más joven, con diferencia, de los hermanos Pinzón. Es probable que tomase el sobrenombre "Yáñez" de Rodrigo Yáñez, un alguacil de Palos que sería su padrino, como era la costumbre del lugar. Desde pequeño aprendió el arte de navegar de su hermano mayor, y participó desde su adolescencia en combates y asaltos, ya que le tocó vivir tiempos de guerra. Se casó dos veces, la primera con Teresa Rodríguez, que le dio dos hijas: Ana Rodríguez y Juana González. La segunda, al regreso de su último viaje a Yucatán, en 1509, con Ana Núñez de Trujillo, con la que convivió en Triana hasta su muerte.
Las primeras noticias documentadas sobre Vicente Yáñez son varias denuncias sobre asaltos a naves aragonesas que realizó, algunos con su hermano mayor, desde que tuvo sólo quince años. Fue entre los años 1477 y 1479, época de guerra civil y con Portugal, en la que Palos participó activamente y por la que su habitual escasez de trigo se vio agravada. Los vecinos se quejaban de pasar hambre y las órdenes reales a varios lugares de que permitieran el abastecimiento de cereales a Palos fueron desobedecidas. Por ello, los Pinzón, asumiendo sus responsabilidades como líderes naturales de la comarca, atacaron carabelas que transportaban trigo y otros alimentos.


VICENTE YAÑEZ PINZON


Vicente apoyó en seguida a su hermano cuando éste decidió respaldar la empresa de Colón. Junto con su hermano consiguió que los hombres de la comarca del Tinto-Odiel se enrolasen en la arriesgada travesía. Fue elegido capitán de la Niña y tuvo destacadas actuaciones durante el viaje. Entre ellas está oprimir, junto con su hermano mayor, algunos intentos de amotinamiento, y el auxilio que prestó, tanto a Colón como a sus compañeros, cuando naufragó la Santa María. El almirante realizó todo el viaje de regreso en la carabela que había capitaneado Vicente, quien prestó toda la ayuda necesaria para que llegara a buen fin dicho regreso.
Realizó varias expediciones más a tierras americanas, participando en los denominados "viajes menores", siendo el más importante la expedición en la que descubrió la desembocadura del río Amazonas y, por tanto, Brasil a comienzos de 1500.
Posteriormente volvió al Caribe con la misión de buscar un paso al Océano Pacífico, exploró toda la costa de Centroamérica y de la península de Yucatán. Según el cronista Fernández de Oviedo, Vicente Yáñez murió en el año 1514, probablemente a fines de septiembre, sin que se sepa exactamente el lugar donde fue enterrado.
FUENTE:elrincondedario.blogspot.com

domingo, 4 de septiembre de 2016

LA LABOR DE LA IGLESIA CATÓLICA EN HISPANOAMERICA Y FILIPINAS



A veces pienso que la crisis económica que atravesamos no es únicamente producto de un enorme amasijo de números mal estructurados que entre los hombres y el sistema financiero nos hemos ocupado de organizar. O desorganizar, mejor dicho. La crisis, la de verdad y no solamente la que nos hace montar en cólera cuando escasea el sustento y se nos agujerean los bolsillos, es fundamentalmente una crisis de valores. Y pienso que una cosa va unida intrínsecamente a la otra porque no tendríamos en Occidente la magnitud de crisis que tenemos si las personitas endiosadas que habitamos el “primer mundo” (a veces tan pobre en lo inmaterial y espiritual), no hubiéramos olvidado de dónde venimos y cuál es nuestra razón de ser y el signo de nuestra propia existencia. Que mucho dinero y muy buenos coches, pero si miramos hacia dentro a menudo comprobamos que somos más pobres que los “intocables” de la India.



De tal forma, los españoles y nuestros compañeros del mundo rico, nos volvemos cada vez más egoístas y olvidamos el significado de la palabra “agradecimiento”. Pensamos estúpidamente que merecemos todo lo que tenemos y estamos convencidos de que nada es suficiente porque de lo que se trata es de acumular riqueza y bienes materiales hasta reventar. Y en ese alarde de grosería espiritual, elevamos a los altares a los dioses paganos más rudos y ordinarios, convirtiendo al dinero y al poder en los nuevos ídolos de nuestra incomprensible modernidad. ¿Dónde está la categoría moral?, ¿dónde la buena educación?, ¿dónde el “amar al prójimo como a uno mismo”?, ¿dónde la atención a los enfermos y a los mayores?, ¿dónde el conocimiento de nuestras bases como pueblo?


Miro a mi alrededor y creo que estamos echando por la borda del barco de la decencia, la esencia espiritual de dos milenios en el transcurrir de algo menos de un siglo. Ya lo decía Gardel: Siglo XX cambalache, problemático y febril, el que no llora no mama y el que no afana es un gil. Y en medio de todo este remolino, como un hermoso y limpio oasis que surge de la penumbra, la Iglesia, esa grandiosa Institución benefactora y cargada de valores que lleva en pie veinte siglos y a la que constantemente se ataca y convierte en culpable de infinitos males…Esa Organización fundamentalmente buena de la que los torpes e ingratos dicen todo tipo de barbaridades, generando una cantidad inmensa de rumores infundados y creando una barbaridad de bulos, soflamas y ridículos análisis.

Y como empiezo a hartarme de tanta mediocridad en lo que a la crítica a la Iglesia se refiere, aunque sea desde este humilde texto quiero aportar mi pequeño granito de arena para dar a conocer la realidad de lo que hoy hace la Iglesia en el mundo. No servirá para convencer al cuadriculado o al atacador profesional de cultos y religiones, pues ya se sabe que en una cabeza incapaz difícilmente puede entrar algo constructivo, pero internet tiene una capacidad expansiva potente y considero fundamental que se conozca lo que la Iglesia hace por el mundo. La Iglesia, esa mística Institución que ha construido la civilización occidental entera y que ha contribuido de manera fundamental a la historia de nuestra arquitectura, nuestra ciencia, nuestro arte, nuestra música y hasta nuestra economía y nuestro derecho.

Sus cifras, actualizadas al año 2010, son las siguientes. A ver si alguno de esos que tanto la critican, construyen algo parecido o me saben indicar alguna otra Institución que aporte al bien del mundo una millonésima parte de lo que hacen la Iglesia y quienes forman la misma.

La Iglesia Católica en África

La Iglesia sostiene en este continente:

12.496 Escuelas maternas
33.263 Escuelas primarias
9.838 Escuelas secundarias
1.074 Hospitales
5.373 Dispensarios
186 Leproserías
753 Casas para ancianos, enfermos crónicos, minusválidos
979 Orfanatos
1.997 Jardines de infancia
1.590 Consultorios matrimoniales
2.947 Centros de educación o reeducación.
1.279 Otras instituciones

La Iglesia Católica en América

La Iglesia sostiene en este continente:

15.788 Escuelas maternas
22.562 Escuelas primarias
11.053 Escuelas secundarias
1.669 Hospitales
5.663 Dispensarios
38 Leproserías
3.839 Casas para ancianos, enfermos crónicos, minusválidos
2.463 Orfanatos
3.715 Jardines de infancia
4.827 Consultorios matrimoniales
13.652 Centros de educación o reeducación.
4.239 Otras instituciones

La Iglesia Católica en Asia

La Iglesia sostiene en este continente:

13.683 Escuelas maternas
15.698 Escuelas primarias
9.298 Escuelas secundarias
1.102 Hospitales
3.532 Dispensarios
293 Leproserías
2.095 Casas para ancianos, enfermos crónicos, minusválidos
3.367 Orfanatos
3.211 Jardines de infancia
969 Consultorios matrimoniales
5.379 Centros de educación o reeducación.
1.870 Otras instituciones

La Iglesia Católica en Europa

La Iglesia sostiene en este continente:

23.602 Escuelas maternas
17.222 Escuelas primarias
10.338 Escuelas secundarias
1.363 Hospitales
2.947 Dispensarios
3 Leproserías
8.271 Casas para ancianos, enfermos crónicos, minusválidos
2.480 Orfanatos
2.524 Jardines de infancia
5.919 Consultorios matrimoniales
10.576 Centros de educación o reeducación.
2.761 Otras instituciones

La Iglesia Católica en Oceanía

La Iglesia sostiene en este continente:

1.695 Escuelas maternas
2.949 Escuelas primarias
683 Escuelas secundarias
170 Hospitales
573 Dispensarios
1 Leproserías
490 Casas para ancianos, enfermos crónicos, minusválidos
87 Orfanatos
108 Jardines de infancia
294 Consultorios matrimoniales
592 Centros de educación o reeducación.
207 Otras instituciones

En total tenemos que la Iglesia administra un total de 67.264 escuelas maternas frecuentadas por 6.386.497 alumnos; 91.694 escuelas primarias por 29.800.338 alumnos; 41.210 institutos secundarios por 16.778.633 alumnos. Además sigue 1.894.148 jóvenes de las escuelas superiores y 2.837.370 estudiantes universitarios. Los institutos de beneficencia y asistencia administrados en el mundo por la Iglesia comprenden: 5.378 hospitales, 18.088 dispensarios, 521 leproserías, 15.448 casas para ancianos, enfermos crónicos y minusválidos, 9.376 orfanatos, 11.555 jardines de infancia; 13.599 consultorios matrimoniales, 33.146 centros de educación o reeducación social y 10.356 instituciones de otros tipos.
FUENTE: laorejadejenkins.es

sábado, 3 de septiembre de 2016

LA FALSA E INJUSTA LEYENDA NEGRA ESPAÑOLA



A raíz de las declaraciones que, en contra de la obra de España en América, ha efectuado Su Bondadosa Santidad, el amistoso Papa Paco, bueno será recordar algunas cosas.




JOSÉ JAVIER ESPARZA Y ANTHONY ESOLEN

De todas las mentiras que he escuchado a lo largo de mi vida sobre asuntos históricos, quizá entre las que más me molestan estén las relativas al papel ejercido por España en América. Las que conforman la “Leyenda Negra” que acusa a España de genocida y esclavizadora de los pueblos americanos durante la Conquista. Y me molestan porque son acusaciones falsas e infundadas, que a base de ser repetidas e introducidas con calzador en el ideario popular, hemos acabado por creérnoslas hasta los propios españoles.


Todo proceso histórico conquistador o colonizador conlleva el uso de la violencia y de las armas. Si bien el Imperio Romano invadió y conquistó España desde el siglo III A.C., arrasando y aniquilando a nuestros antepasados celtíberos, lusitanos, astures o cántabros, a nadie con un mínimo de inteligencia se le ocurriría hoy decir que Roma es la culpable de “la aniquilación de España” y del “sometimiento injusto” de nuestro pueblo. Más bien, los españoles mantendremos una deuda eterna con Roma por habernos dejado un legado inigualable tras su paso, latinizándonos y regalándonos su influencia y su organización. Algo parecido, o quizá de superior magnitud, sucedió en lo que respecta a la transmisión de riqueza a América tras nuestra llegada. La diferencia, sin embargo, es que el Imperio Romano no tuvo la mala suerte de contar con un enemigo anglosajón que volcara sobre él durante siglos infinitas mentiras y leyendas destinadas a diezmar su legitimidad y grandeza incontestables.


También los propios Tlaxcaltecas ayudaron a Hernán Cortés a derrotar a sus enemigos deTenochtitlán (los Aztecas de Moctezuma), y los Aztecas, a su vez, combatieron junto a los españoles en posteriores colonizaciones…La historia, como vemos, es al final una sucesión de conquistas, y si bien se cometieron algunos casos aislados de maltrato durante los periodos de introducción y de Conquista (inevitables teniendo en cuenta las gentes, las circunstancias y la época) España no ejerció sobre los nativos americanos ningún tipo de genocidio ni esclavitud generalizado. Muy al contrario, podemos decir (y avalarlo con documentación y hechos contrastados de la historia), que España fue el único país de Europa que siempre protegió en su Conquista a los nativos de todos nuestros territorios de Ultramar, garantizándoles una vida digna y unos derechos integrales.



Pocos años después de nuestra llegada a tierras americanas, y en virtud de nuestra condición de Reino católico (clave en nuestra posterior relación con los indígenas), y del impulso de nuestros frailes Franciscanos y Jesuitas, fuimos los propios españoles quienes dictamos multitud de normas, leyes y decretos oficiales que protegían a los indígenas de cualquier abuso. Y fue la propia Reina Isabel la Católica quien determinó tras el primer viaje de Colón, que los indios nativos no debían ser considerados esclavos, ni siquiera gentes colonizadas, sino súbditos de pleno derecho de la Corona Española, como habitantes de las nuevas provincias recién descubiertas.

Llegada de Cristóbal Colón a América



Y nos tomamos tan en serio los españoles la aplicación de justicia sobre los indígenas del Nuevo Mundo, que la Monarquía Hispánica inmediatamente acometió las reformas necesarias para regular su trato de forma oficial. De esta manera, nada más dos décadas después de iniciarse el Descubrimiento (el 27 de diciembre de 1512), España abolió la esclavitud indígena mediante las “Leyes de Burgos”, en las cuales se emitieron las ordenanzas necesarias “para el gobierno con mayor justicia de los naturales, indios o indígenas” y se estableció que el Rey de España tenía derecho a “justos títulos” de dominio del Nuevo Mundo, pero sin derecho a explotar al indio, que era hombre libre y podía tener propiedades, pero que como súbdito debía trabajar a favor de la Corona sin mediar la esclavitud, retribuido y con libertades garantizadas, a través de los españoles allí asentados. España anteponía la evangelización de los nativos a cualquier otra materia, nativos a quienes consideraba hermanos cristianos, dejando a un lado las excepciones salvajes que efectivamente se pudieran dar y de las que de ninguna manera fue culpable España como unidad.



Pero las “Leyes de Burgos” no fueron unas leyes aisladas en lo referente al trato a los indígenas, y treinta años más tarde (1542), España emitía las “Leyes Nuevas” (o Leyes y ordenanzas nuevamente hechas por Su Majestad para la gobernación de las Indias y buen tratamiento y conservación de los indios), en las que entre otras cosas se regulaba aún más en detalle el trato a los nativos, proclamando de nuevo su libertad y suprimiendo igualmente las encomiendas. Eran normas emitidas por los propios españoles y que restaban derechos a los pobladores españoles en beneficio de los indígenas, algo inédito en aquel momento y digno de asombrosa admiración…En esas “Leyes Nuevas”, el Emperador Carlos V mandó constituir una comisión que determinara la limitación de los derechos de los españoles en sus encomiendas y el sistema y forma en que se llevaban a cabo las Conquistas (no podían violarse los derechos indígenas en ese proceso). En dichas leyes, también se regulaban los tributos que los indígenas debían aportar al Estado, como súbditos del Rey que eran y no como esclavos.

En resumen, en lo relativo al trato a los indígenas, las “Leyes Nuevas” aportaban lo siguiente:



– Sobre la esclavitud:


* Cuidar la conservación y gobierno y buen trato de los indios


* Que no hubiera causa ni motivo alguno para hacer esclavos, ni por guerra, ni por rebeldía, ni por rescate, ni de otra manera alguna.


* Que los esclavos existentes fueran puestos en libertad, si no se mostraba el pleno derecho jurídico a mantenerlos en ese estado.


* Que se acabara la mala costumbre de hacer que los indios sirvieran de cargadores (tamemes), sin su propia voluntad y con la debida retribución.


* Que no fueran llevados a regiones remotas con el pretexto de la pesca de perlas.


* Se dictó orden a la armada española para la persecución y castigo de las naves esclavistas inglesas, holandesas y portuguesas que infectaban el caribe con destino a las colonias anglosajonas y a Brasil.



– Sobre las encomiendas:


* Que los oficiales reales, del virrey para abajo, no tuvieran derecho a la encomienda de indios, lo mismo que las órdenes religiosas, hospitales, obras comunales o cofradías.


* Que el repartimiento dado a los primeros Conquistadores cesara totalmente a la muerte de ellos y los indios fueran puestos bajo la real Corona, sin que nadie pudiera heredar su tenencia y dominio.



Y es que, como decía el historiador e hispanista estadounidense Lewis Hanke, uno de los mayores expertos sobre Hispanoamérica: “Ninguna nación europea se responsabilizó de su deber cristiano hacia los pueblos nativos tan seriamente como lo hizo España”. Y no solo cuidamos más que ningún otro país nuestra relación con aquellos nuevos compatriotas, sino que el nacimiento del Imperio Español en América supuso, de facto, en inicio de uno de los periodos más prósperos de la historia universal. Un periodo en el cual la ciudad de México llegó a convertirse en la urbe más grande y rica del planeta, o en el que cuando llegaron las independencias, España había creado un legado que convertía a Hispanoamérica en la región más próspera del planeta, con un nivel de vida y una economía incluso superiores a las de la Europa de entonces y con unas ciudades (como Lima, Santa Fe de Bogotá o México), mucho más importantes que Londres, París o la Roma de aquel momento…Y fuimos quizá tan respetuosos y precavidos, que podemos afirmar que los problemas reales de las independencias americanas no fueron causados por España, sino por los trágicos y mal llamados “libertadores”, que en nombre de una falsa igualdad arrebataron a los indios sus derechos y sus tierras comunales, amparadas por las leyes y los derechos que los españoles habíamos decretado siglos antes.



Nuestra labor en América no tuvo absolutamente nada que ver con genocidios o esclavitudes, y sin embargo sí mucho que ver con el florecimiento en América de una nueva cultura que venía a cambiar para mejor la que nos encontramos al llegar.



Descubrimos sociedades tecnológica y humanamente 3000 años atrasadas, generalmente inconexas entre ellas, que en su práctica totalidad practicaban el canibalismo y los sacrificios humanos, y a las cuales situamos a la cabeza del mundo en pocos siglos. Y es España la responsable de haber trasladado a América el urbanismo, el derecho, las economías estructuradas, la agricultura, las universidades, las catedrales, las técnicas arquitectónicas, la influencia del Renacimiento, la imprenta, la rueda, la escritura, la música o la fe, entre otras infinitas cosas. Fundamos 23 universidades en América que daban educación a casi200.000 alumnos de todas las clases sociales y razas (Portugal no fundó ninguna en Brasildurante su periodo colonial, mientras que la Inglaterra colonial de entonces, por ejemplo, hasta ese momento se había preocupado más bien poco por educar a sus indígenas), y a través de la península, hacíamos llegar a América todas las corrientes intelectuales y las artes que la grandiosa España de entonces absorbía.



CAPITULO XII del testamento de ISABEL LA CATOLICA: «Por cuanto al tiempo que nos fueron concedidas por la Santa Sede Apostólica las islas e tierra firme del mar Océano, descubiertas e por descubrir, nuestra principal intención fue, al tiempo que lo suplicamos al Papa Alejandro sexto de buena memoria, que nos hizo la dicha concesión, de procurar inducir e traer los pueblos de ellas e los convertir a nuestra Santa Fe católica, e enviar a las dichas islas e tierra firme del mar Océano perlados e religiosos e clérigos e otras personas doctas e temerosas de Dios, para instruir los vecinos y moradores de ellas en la Fe católica, e les enseñar e doctrinar buenas costumbres e poner en elfo la diligencia debida, según como más largamente en las Letras de la dicha concesión se contiene, por ende suplico al Rey, mi Señor, muy afectuosamente, e encargo e mando a la dicha Princesa mi hija e al dicho Príncipe su marido, que así lo hagan e cumplan, e que este sea su principal fin, e que en ello pongan mucha diligencia, e non consientan e den lugar que los indios vecinos e moradores en las dichas Indias e tierra firme, ganadas e por ganar, reciban agravio alguno en sus personas e bienes; mas mando que sea bien e justamente tratados. E si algún agravio han recibido, lo remedien e provean, por manera que no se exceda en cosa alguna de lo que por las Letras Apostólicas de la dicha concesión nos es infundido y mandado».



¿Qué se cometieron atrocidades e injusticias? Sin duda, sí. ¿Qué hubo quienes utilizaron su poder personal para esclavizar a veces a los indígenas? También. Pero el 95% de las muertes acaecidas por aquel tiempo en América no son producto de las armas españolas, sino de los virus y enfermedades (como la gripe, la viruela, la escarlatina o el sarampión), que inevitablemente se transmitieron de España a América y de América a España entre dos mundos que hasta ese momento habían estado permanentemente aislados entre sí.



Por todo ello, creo que es deber de toda la comunidad Hispanoamericana conocer estos hechos, para no dejarnos seguir engañando por la leyenda negra creada por el mundo anglosajón y por quienes encabezaron las distintas independencias e hicieron creer a algunos que la bellísima historia común que tenemos no fue sino una vulgar y cruel escabechina. Con un poco de rigor histórico y cultura, descubrimos que lejos de ser aquello que esos dicen, la historia de España en América es uno de los periodos más hermosos y prósperos de la historia universal, porque España no fue a América para irse sino para quedarse, para construir y para fusionarse. Y fruto de ese aporte y de esa fusión son sus ciudades y sus gentes de hoy, que son el mejor ejemplo vivo de aquella gesta sin igual que hermanó para siempre a una comunidad de naciones que hoy engloba a 450 millones de personas.



FUENTE: “Guía políticamente incorrecta de la civilización occidental”, adaptación española basada en: The Politically Incorrect Guide to Western Civilization. Anthony Esolen y José Javier Esparza Torres. Ciudadela Libros.

domingo, 28 de agosto de 2016

LA HISTORIA DE LA BANDERA ESPAÑOLA














Desde el momento en que el hombre se agrupó en comunidades, sintió la necesidad de elegir algún signo que le distinguiese de las demás sociedades. Esta señal de distinción del grupo o tribu, cuya expresión más común son las pinturas en las cuevas, dibujos sobre el cuerpo y el tipo de vestimenta y los adornos que la acompañan, han llegado hasta nuestros días: Por un lado, por los restos arqueológicos que se han hallado. Por otro, es también hoy costumbre social el vestirse, pintarse, tatuarse, colocarse aros, colgantes y adornos que indiquen la "tribu" o grupo social al que pertenecemos.



Este símbolo, que inicialmente cumplía una mera función diferenciadora, pasó rápidamente a estar dotado de un carácter religioso al ser dibujado en él el dios o animal sagrado bajo cuya protección se ponía a la tribu, siendo dotado, cada vez más, de una gran carga emocional, materializándose en él los ideales de cada una de las agrupaciones humanas. Cuando es necesario mostrarlo a mucha gente, el signo se coloca sobre un soporte para poder levantarlo y hacerlo visible. Los emblemas se sujetan a un palo o lanza para que todos puedan verlos en los poblados o durante los combates ya que, generalmente, señalaban el lugar donde se encontraba el jefe.














En un extremo de la lanza, se colocaba un soporte del color característico de la tribu, con dibujos alegóricos de su historia o ideales; otras veces, era una pequeña escultura la que remataba el asta o bien diversas colas de animales. Así, los persas utilizaron un águila dorada, los asirios una paloma, los armenios un león y en la Biblia se hace referencia a los colores que utilizaban las doce tribus de Israel para diferenciarse entre sí.

Más conocidas son, sin duda, las insignias utilizadas por los romanos, consistentes en diferentes figuras de animales, caballo, loba, jabalí, águila, colocadas sobre un asta. Ellos muestran lo que podemos considerar la primera bandera: el vexillum, lienzo de color rojo pendiente de una cruceta que se llevaba al combate y se colocaba en el lugar en que se situaba el general.

En España, quizás podríamos afirmar que la primera divisa utilizada estuvo constituida por el penacho rojo con que los iberos adornaban el casco de bronce que les cubría. Es interesante constatar que este color va a ser nuestro color nacional por excelencia; tanto es así que roja va a ser la escarapela de los gorros militares españoles hasta su sustitución por la bicolor, a mediados del siglo XIX.

Cuando se inventa el escudo, sobre él se pinta el signo que representa al guerrero que lo porta. Los signos podían ser personales, representativos de la tribu y más adelante del grupo guerrero.

Cuando el desarrollo de la industria textil lo permite, estos signos se pintan sobre una tela que se sujeta al extremo de un palo largo. Las ventajas son evidentes: Pesa poco, se transporta cómodamente y se sostiene con facilidad, puede ser de gran tamaño, puede alzarse por encima de las tropas y se ve desde muy lejos. Además, su gran superficie permite dibujos más complejos y elaborados.



Golpando Lacio, en el año 456, escribe que los reyes godos usaron como insignia un león sobre ondas azules.

Julián del Castillo, en su Historia de los godos dice que usaron bandas amarillas con dos leones rojos rampantes.



Desde un principio y hasta hace muy poco tiempo, la bandera ha sido un instrumento militar, que se llevaba al combate con una triple finalidad:
Ceremonial: Dice a los demás quien es quien.
Práctica: Dice donde estamos a nosotros mismos, marca la posición del jefe y sirve de referencia para realizar las maniobras en el combate.
Espiritual: En la tela se representan los símbolos de aquello que se quiere defender, la razón de ser de esa fuerza.



Antonio Vallecillo, en sus Comentarios Históricos, dice:







"Como prenda de juramento, como señal de formación, como guía del combate, como punto de reunión y como llamada a reclutas..."







San Isidoro, en las Etimologías, las denomina "enseñas de guerra", porque con ellas se da a los ejércitos la señal de atacar y de retirarse. Por eso era tan importante defenderlas, porque si se perdían se perdía con ellas la posibilidad de dar y recibir órdenes, con lo que la acción de las tropas perdía mucho en efectividad. Especifica, además, que los Visigodos utilizaron como signos militares el dragón, el águila, el vexilum, la esfera y el manípulo.

El monarca castellano Alfonso X "el Sabio", (1221-1284), en su "Libro de las siete partidas", (1256-1265), las define:







"Señales conocidas pusieron antiguamente, que traxesen los grandes homnes en sus fechos, i mayormente en los de guerra, porque es fecho de gran peligro en que conviene que hayan los homnes mayor acabdillamiento, ca no tan solamente se han de acabdillar por palabra o mandamiento de los cabdillos, mas aun por señales".







Además de clasificarlas, dictó normas estrictas para su uso, debido a su proliferación.

Por eso, la historia de las banderas es una historia eminentemente de insignias militares, ya que su uso como representación de la nación es muy moderno, de mediados del siglo XIX.

Pero la bandera no es solo una señal o insignia: rápidamente adquiere con gran fuerza la representación de los valores y los intereses de los soldados que combatían con ellas. Las telas se llenan de motivos religiosos, y el hecho de vivir y morir defendiendo una bandera otorga a éstas una especie de "alma" que no poseen otros símbolos. Los Alféreces, abanderados, eran soldados escogidos. Bernardino de Escalante dice en Diálogos del arte militar:







"La vandera es el verdadero fundamento della Compañía, y en que consiste la honrra, y reputación suya, y de sus soldados, conviene que al que se le uviere de encomendar tenga las calidades de un perfecto Alcayde en nobleza, y estimación de honrra, para que la sepa guardar, y morir por defenderla, sin jamás desamparalla".









En la Edad Media, probablemente como consecuencia de las Cruzadas y del contacto con los árabes, que las utilizaban con gran profusión, los reyes y nobles comenzaron a usar diversos tipos de banderas como distintivo propio o de las tropas que reclutaban para su servicio, estando formadas por un pedazo de tela con el escudo de armas del Señor al que pertenecía el ejército.



Los diferentes reinos que al unirse dieron origen a España, utilizaron como enseña las armas heráldicas propias traspasadas al lienzo: Castilla enarboló el pendón carmesí con un castillo dorado; León, un león púrpura o rojo sobre fondo blanco; Aragón, los cuatro palos rojos sobre fondo amarillo...
  
  
 






La Orden Real de la Banda de Castilla, fundada en 1332 por Alfonso XI, constituyó hasta ya entrado el siglo XVI, la principal divisa de los reyes castellanos, así como el más apreciado distintivo, con el que éstos premiaban a sus servidores más ilustres. Consistía ésta en una banda puesta entre dos dragantes, pero sus colores han sido motivo de discusión entre los distintos autores, ya que sus estatutos no mencionan este punto.

Sabemos que los pendones de la banda usados por Enrique IV, los Reyes Católicos y Carlos V eran rojos con la banda y los dragantes dorados, pero en un principio también los hubo blancos con la banda negra, como podemos ver en los escudos, colocados por Pedro I en 1367, que decoran los Reales Alcázares de Sevilla o el que decora la bóveda del Alcázar de Carmona, también de la misma época. También muestran esta combinación las armas de algunos linajes de la nobleza castellana de aquel tiempo como las muy conocidas de los Zúñiga, las de los Carvajal o las de los Sandoval.





 




Cuando se unifican los reinos de España con los Reyes Católicos, estos utilizaron como pendón real uno rojo con una banda de oro rematada por cabezas de serpientes, mientras que el ejército usó una bandera carmesí cuartelada con los blasones de los reinos pertenecientes a España.

Aspa de Borgoña. Es una de las piezas mas importantes en la historia de la bandera en España. Tras el matrimonio de Doña Juana, hija de los Reyes Católicos, con el Archiduque de Austria Don Felipe "el Hermoso", se introdujo en las banderas españolas una pieza que, aunque de origen en parte extranjero, pues había sido utilizada por algunas milicias del norte de España, se convertiría más tarde en el símbolo hispano por antonomasia, pasando a tomar carácter secundario el color del paño donde será bordada: nos referimos a la "Cruz de San Andrés" o más propiamente, "Aspa de Borgoña". Este era el símbolo del Archiduque, ya que Austria estaba bajo el patronazgo de San Andrés, y lo traia bordado en sus banderas cuando vino a encontrarse con el Rey de Aragón y Regente de Castilla D. Fernando en El Remesal, Burgos. Se incorporó como divisa en los uniformes de los Arqueros de Borgoña y mas tarde a todo el ejército, pintado sobre los vestidos para distinguirse en los combates, pues en aquella época no existían aún los uniformes y los soldados vestían trajes civiles militarizados con petos protectores. Luego pasa a las banderas que, hasta nuestros días, llevarán los soldados de España.



Al entronizarse la Casa de Austria con Carlos I, en la primera mitad del siglo XVI, cada compañía lleva su propia bandera en la que figuraban, normalmente, las armas de su capitán sobre el Aspa de Borgoña. Para representar al Rey, solían llevar otra, la principal, que era de seda amarilla (uno de los colores de los Austrias) con el Escudo imperial bordado. La bandera principal la llevaba el mando del Tercio, que estaba formado por un número variable de Compañías, que podía llegar hasta 24.


 


Sin embargo, al no existir todavía el concepto de Bandera Nacional tal y como lo entendemos en la actualidad, ya que el verdadero símbolo de la nacionalidad lo constituía el Escudo Real, era frecuente el uso de otras banderas distintas a las mencionadas, llenas de imágenes y de símbolos, que representaban todos los valores que las tropas o el Rey defendían. Como ejemplo, destacamos la llamada Bandera de Santiago, del Carlos I, hoy perdida, de la que se conserva un dibujo en el Inventario Iluminado de la Real Armería de Madrid. Además, podemos citar la verde que el propio Emperador llevó a la conquista de Túnez o la carmesí utilizada por Hernán Cortés en Méjico.



Al acceder al trono Felipe II, ordenó que, además de las banderas de cada compañía, cada Tercio llevase otra en cabeza de color amarillo con las aspas de Borgoña en rojo.

Las unidades de Caballería llevaban las mismas banderas pero de tamaño más pequeño, llamadas estandartes.



Aparte de estas, abundaron las banderas con motivos religiosos, de tamaño normal en las unidades a pié, y de gran tamaño, como el estandarte de la Santa Liga de la batalla de Lepanto o el de Fernán Núñez.
  



   
   
 


En la segunda mitad del siglo XVII, Felipe IV estableció que las banderas de Tercio y Compañía fuesen iguales: rojas con una imagen de la Virgen. Aún con todo, continuaron usándose otras: rojas, blancas, a listas y a cuadros, todas con el Aspa de Borgoña, como podemos observar en la famosa obra de Velázquez "La rendición de Breda".

Hay que destacar un tipo especial de banderas que llevaban las unidades suizas al servicio de los Reyes españoles, cuyo distintivo particular eran las "Llamas", dibujos triangulares en forma de llama que llenaban el campo de la bandera y sobre los que se ponía el Aspa de Borgoña.

Coincidiendo con la llegada del siglo XVIII, tras la Guerra de Sucesión subsiguiente al fallecimiento de Carlos II, se asentó en España la Casa de Borbón, cuyo primer monarca, Felipe V, cambió totalmente la filosofía y el diseño de las banderas de España.



Este Rey va a ser el primero que dará a España un símbolo unificado y propio, al poner, sobre tela blanca, el aspa de borgoña y el escudo. No es aún una bandera nacional, pero si es el primer atisbo. Las banderas se organizan en tres grupos:





- Estandarte o bandera real: Sigue siendo de color carmesí, con el escudo real completo bordado, añadiendo el escusón con las armas de Borbón, el Toisón de oro y el collar de la Orden del Espíritu Santo. También se emplea la antigua bandera-escudo que ocupa todo el paño con sus blasones.

- Banderas militares: Unifica el color al blanco y regula las piezas que debe llevar.

- Pabellón de marina: Blanco, con el escudo real.





Decretó para las unidades militares dos tipos de banderas:


Bandera Coronela o principal, llamada así por ser la perteneciente al primer Batallón del Regimiento, cuyo mando ostentaba el propio Coronel. Sobre ella acabará poniendo el escudo real.


Bandera Sencilla o Batallona, para el resto de los Batallones, blanca con las Aspas de Borgoña en rojo.

Para la Caballería, señalo que los estandartes fuesen encarnados, con el escudo real.

A la Artillería le asignó las mismas banderas que a la Infantería, a pesar de lo cual fueron utilizadas por este Arma otras de diferentes colores, fundamentalmente azul por los cuerpos a pié y carmesí por los montados.

La Armada debía llevar bandera blanca o morada, según el departamento marítimo a que perteneciera el buque o acuartelamiento ( Cádiz, Ferrol o Cartagena).



Ordenanzas "de Flandes", 10 abril 1702:

Se crea el Regimiento de las Reales Guardias Valonas: Coronela blanca con escudo Real sostenido por dos leones sobre aspa de Borgoña roja.





3 Banderas por Regimiento:





- Una bandera principal, llamada Coronela, blanca con el aspa roja de Borgoña,

- Dos llamadas sencillas o de ordenanza, formadas por triángulos de colores al estilo francés y con el aspa de Borgoña sobrepuesta, todas ellas de 2, 5 m. de lado.

Ordenanzas 30 diciembre 1706






 


Se modifica el modelo anterior, añadiéndose a las Banderas Coronelas 2 leones y dos castillos, y a las sencillas un escudo central cuadrado, con las armas del nombre del Regimiento, colocado sobre el cruce del aspa, situada a su vez sobre los 8 triángulos de colores que formaban el paño del fondo. Se añaden 2 corbatas: roja española y blanca francesa.





El 28 de Febrero de 1707 otras nuevas Reales Ordenanzas fijaban los nombres de los nuevos Regimientos que sustituyen a los viejos Tercios. Se suprimen las banderas de compañía. Se añade a las Banderas Coronelas una corona Real en cada extremo de su aspa, mientras que a las Banderas Sencillas, una por Batallón, se les quita el escudo central, que tan solo algunas Unidades habían llegado a adoptar, y se añade en la parte superior del paño escrito el nombre del Regimiento. Estas nuevas banderas se construyen todas en Francia y se reparten a los Regimientos desde el almacén de Madrid. Las dimensiones son las francesas: 2’10 x 2’28 m.





" Y es mi voluntad que cada Cuerpo traiga la Bandera Coronela blanca con la Cruz de Borgoña, según estilo de mis tropas a que he mandado añadir dos castillos y dos leones en los cuatro blancos, y cuatro coronas que cierran las puntas de las aspas; Y las otras banderas serán de tafetán de los colores principales que tuvieren las armas de la provincia o ciudad del nombre que Yo señale al Regimiento, el cual, siempre que tenga más de un Batallón, las banderas de los demás que tuviese serán de esta forma, pues no debe haber más que una Coronela, que deberá estar siempre en el primer Batallón".

1718:





En 1718 los Regimientos destinados a la Guerra de Lombardia recibieron un nuevo modelo de bandera, cuyas Coronelas seguían siendo blancas, pero y las sencillas ya no eran multicolores, sino todas blancas, con el aspa roja de Borgoña, cuyos extremos están rematados por escudos con las armas del Regimiento y con un rótulo con el nombre del mismo paralelo al margen superior del paño.





Se ordena que desaparezcan de las banderas las imágenes y advocaciones religiosas.





"En cada Batallón de nuestras tropas habrá tres banderas de once pies de alto, de a doce pulgadas cada asta de ellas con regatón y moharra. La Coronela será blanca con el escudo de nuestras Armas Reales y las demás blancas con la Cruz de Borgoña; y en una y otras se podrán poner en la extremidad de las esquinas las armas de los reinos y provincias de donde tengan el nombre, o las divisas particulares que hubiesen tenido o usado, según su antigüedad..."





Banderas Coronelas: Blancas, con el escudo de las armas Reales en su centro, rodeado por el collar del Toisón de Oro y el collar de la Orden del Espíritu Santo, y en las esquinas los escudos de los reinos o provincias correspondientes.

Sencillas: De color blanco, con el Aspa de Borgoña rematada con el escudo de los reinos o provincias. Su número, al igual que siempre desde 1704, quedaba fijado en 3 banderas por Regimiento, siendo Coronela la del primer Batallón y sencillas todas las demás. El reverso invertido. Dimensiones: 11 pies (entre 2 y 2’5 m). Las astas medían 3’5 metros.





Se crean las Milicias Provinciales, que recibieron banderas similares a las de la Infantería, pero con el escudo de sus Coronelas rodeado por el collar del Toisón y la banda celeste del Espíritu Santo, y no por los collares de las dos órdenes como ocurría en aquellas. En cuanto a sus sencillas, blancas, con aspa, rótulo con el nombre y escudos angulares timbrados por coronas ducales, solo diferían de las de Infantería en que los escudos de aquellas estaban timbrados por coronas Reales.

Adición a la R.O. 31 de enero de 1734:



Ha de haber tres banderas en cada Regimiento, todas de tafetán blanco; la Coronela con el escudo de armas en el centro; las otras dos con la Cruz de Borgoña y en los cuatro remates de la cruz podrán tener los escudos de las armas de la provincia y el rótulo del nombre de ella en el alto de cada una, tendido al ancho de la bandera, con astas de once pies de alto, incluso regatón y moharra..."
 
  


Otras Unidades:





La Artillería recibió en 1710 una Coronela blanca y varias sencillas azules, continuando con banderas de estos colores hasta 1861.

La Caballería usaba 1 estandarte cuadrado por escuadrón, de colores blanco, azul, verde o carmesí, con las armas Reales en una faz y en la otra un emblema regimental, mientras que los dragones, cuerpo equipado para combatir indistintamente tanto a pié como a caballo, usaban guiones, es decir estandartes terminados en dos puntas o farpas, siendo de destacar que casi todos sus regimientos usaban un guión Coronel blanco. En 1728 las R.O. dispusieron que todos los estandartes y guiones deberían en lo sucesivo ser encarnados, pero esta disposición fue incumplida hasta 1814, si bien si que se apreció un aumento en la proporción de rojos carmesíes, y en 1744 se ordenó la supresión de las imágenes de la Virgen en los guiones Coroneles de los dragones, con el fin de poder inclinarlos ante el Altísimo.

En cuanto a la Caballería de la Guardia, los Guardias de Corps recibieron 2 estandartes por compañía, rojos los de la 1ª, verdes los de la 2ª y amarillos los de la 3ª, todos con un emblema central con un navío iluminado por un sol y con el lema "SOLVIT FORMIDINE TERRAS"; este modelo siguió en uso hasta 1820, si bien a partir de 1812 todos serían rojos.

Los Carabineros Reales recibieron al ser creados en 1732 cuatro estandartes, uno blanco y tres azules, todos con el escudo de las armas Reales bordado en ambas faces.

Las Guardias Españolas recibieron en 1704 una Coronela morada, sembrada de lises de oro y con un gran castillo dorado en su centro, y una sencilla blanca por compañía, de diseño similar al de las Coronelas del ejército, es decir, inicialmente con el aspa roja, castillos y leones, y con las armas Reales desde aproximadamente 1715.

Las Guardias Walonas usaron Coronela blanca y sencillas azules, todas ellas de diseño similar al de las sencillas de las Guardias Españolas.







En 1748 comenzó a aparecer un nuevo modelo de Coronela para la Infantería de Línea, en el que el escudo Real, que aún es el mismo que usó Felipe V, figuraba entre dos grandes leones soportes coronados y colocado sobre el cruce de un aspa roja de Borgoña, cuyos extremos estaban rematados por escudos del Regimiento, similares a los de las banderas sencillas. Astas: 11 pies (3’06 m)

Estos leones se extendieron igualmente a las banderas de la Guardia Real, así como a las Coronela de Artillería y de Artillería de Marina.

En cuanto a las Milicias Provinciales, en 1754 se aceptó un nuevo modelo, cuyas Coronelas eran similares a las de Línea, con leones, pero sin el aspa ni los escudetes, pero parece ser que el mismo no tuvo aceptación, ya que todas los ejemplares conocidos corresponden aún al modelo del reinado anterior.

Las banderas sencillas continuaron mientras sin modificación alguna, con sus escudos angulares timbrados por coronas Reales en las de Línea, y ducales en los provinciales- sin más novedad que la de que en algunos casos ya no figuraba el nombre de la unidad escrito en la parte superior del paño.

Los Regimientos suizos, conforme a su nueva Ordenanza de 1749, utilizaron Coronelas blancas, con las armas Reales en su centro, y sencillas "del color de la divisa del regimiento con la cruz de Borgoña y en las esquinas, flámulas del color de los respectivos cantones"

La Armada sufrió algunos problemas a causa de la similitud de su bandera con las de otros monarcas, no siempre aliados, pese a ello se dispuso en 1748: "Por ahora usarán todos os navíos de la Armada la bandera ordinario nacional (blanca), con el escudo de mis armas, hasta que yo tenga a bien disponer otra cosa".

De su texto resulta curiosa la denominación de "Nacional" que se le da a esta bandera, siendo que entonces aún no se hallaba extendido el concepto de nación tal y como hoy lo entendemos.

1752: Se sustituye el sistema de medida francés por el español.







En 1760 Carlos III modificó el escudo de las armas Reales, suprimiendo el collar del Espíritu Santo, con lo que quedaba tan solo con el del Toisón de Oro, y añadió dos nuevos cuarteles, correspondientes a Farnesio (seis lises azules sobre oro) y Médicis (disco azul con tres lises de oro y cinco discos rojos, todos sobre oro).

La R.O. de 1768 dispuso la reducción en el número de banderas a 2 por batallón, en vez de las 3 anteriores, siendo en los Regimientos de línea una Coronela y una sencilla para su primer Batallón, y dos sencillas para el 2º, mientras que los Regimientos ligeros, formados por un único Batallón, serán solo una Coronela y una sencilla.

Estas nuevas banderas estaban construidas en tafetán doblete blanco y sus medidas eran de 1'46x1'46m, en vez de los aproximadamente 2'30m. de las anteriores.

Todas las banderas de infantería y Milicias seguirían siendo blancas, pero las Coronelas ya con las nuevas armas Reales, sin aspa ni leones, y con un escudo del Regimiento en cada una de sus cuatro esquinas, timbrados estos por coronas ducales, salvo en aquellos casos en los que un Regimiento de línea y otro de Milicias tuviesen un mismo nombre (Regimiento Burgos, Sevilla, Murcia, etc.), en cuyo caso el de línea tendría corona Real.

Las sencillas serían de las nuevas medidas, con el aspa roja de Borgoña rematada por escudos idénticos a los de la Coronela, pero ya sin el rótulo con el nombre del Regimiento que figuraba en los modelos anteriores.

La Guardia Real prosiguió con sus peculiares banderas, pero adaptándose a las nuevas dimensiones, así como al nuevo escudo de las armas reales.

La Caballería y los Dragones continuaron respectivamente con sus estandartes y guiones, si bien el color carmesí se impuso totalmente en los guiones de dragones, mientras que en la caballería todavía siguieron utilizándose algunos blancos y azules, en la mayoría de los casos aún con las armas del anterior monarca en una de sus faces, ya que debido a la gran duración de sus damascos estos continuaban aún en perfectas condiciones de uso.

La Artillería continuó con su Coronela de 1748, que no abandonaría hasta 1808, mientras que de sus batallones, los antiguos siguieron con sus sencillas azules de Fernando VI, mientras que los de nueva creación recibieron otras similares pero de menor tamaño, conforme a lo decretado en 1762.



Al subir al trono el gran organizador Carlos III, observó que la mayoría de los países utilizaban pabellones en los que predominaba el color blanco (España, Francia, Gran Bretaña, Sicilia, Toscana...) y, dado que estaban frecuentemente en guerra entre sí, se producían lamentables confusiones en la mar, al no poder distinguirse si el buque avistado era propio o enemigo hasta no tenerlo prácticamente encima; por ello, encargó a su Ministro de Marina que le presentase varios modelos de banderas, con la única condición de ser visibles a grandes distancias. El Ministro convocó un concurso seleccionando doce bocetos de los presentados, los cuales mostró al rey. El Soberano eligió dos de ellos, a los que varió las dimensiones de las franjas, declarándolos reglamentarios el primero para la Marina de Guerra y el segundo para la Mercante.



 


Por Real Decreto de 28 de Mayo de 1785, dispuso:





"Para evitar los inconvenientes y perjuicios, que ha hecho ver la experiencia, puede ocasionar la Bandera Nacional de que usa mi Armada Naval y demás embarcaciones españolas, equivocándose a largas distancias o con vientos calmosos, con las de otras naciones, he resuelto que en adelante usen mis buques de guerra de Bandera dividida a lo largo en tres listas, de las que la alta y la baja sean encarnadas y del ancho cada una de la cuarta parte del total y la de enmedio amarilla, colocándose en esta el escudo de mis Reales Armas reducido a dos cuarteles de Castilla y León con la Corona real encima... ".





Más tarde, amplió el uso de esta bandera a todos los establecimientos dependientes de la Armada.

El Ejército continuó utilizando las banderas anteriores, excepto el Cuerpo de Ingenieros, que desde su creación usó bandera morada.



Siguieron en uso las banderas del modelo 1768, produciéndose tan solo las siguientes modificaciones:



8de marzo de 1793:

Se hace extensivo el uso de la bandera rojigualda a las "plazas marítimas, castillos y defensas de las costas".

1802: Fue un año que presentó varias novedades:

El 26 de Agosto se reduce el número de banderas por Batallón a tan solo 1, de manera que en adelante los Regimientos Ligeros y de Milicias, compuestos por tan solo un Batallón de fuerza, usarían solo su Coronela del modelo 1762, debiendo dejar fuera de servicio a la sencilla que hasta esa fecha habían utilizado junto a aquella.

Ese mismo año de 1802 Godoy reorganizó la artillería, de manera que cada uno de los 5 Batallones que hasta entonces habían formado el Real Cuerpo de Artillería, pasaba a convertirse en Regimiento independiente, si bien seguirían todos usando sus anteriores banderas, blanca la Coronela del 1º y sencillas azules todos los demás Batallones de todos los Regimientos.

El 15 de Julio de 1806, y a petición de todos los oficiales del Real Cuerpo de Artillería, se dispuso la sustitución de sus viejas banderas por otras nuevas, que serían: para el primer Batallón de cada Regimiento una Coronela azul celeste, con las armas del Rey y las de Godoy en su centro, y una bomba encendida en cada esquina, y otra sencilla blanca, con aspa roja y trofeos artilleros para los segundos Batallones.

En 1808 se produjo la caída en desgracia de Godoy, y las Coronelas con su escudo fueron reunidas y quemadas en Madrid, volviendo cada Regimiento a recibir sus banderas anteriores.



También en 1802 se creó el Real Cuerpo de Zapadores Minadores, cuyas banderas se dispuso que fuesen moradas con castillos y leones alternando en sus esquinas, Coronela para el primer Batallón y sencilla para el 2º, ambas con una cinta ondulante blanca cargada de un rótulo con el nombre del Regimiento.

La Guardia Real continuó con sus banderas de Carlos III, mientras que la caballería y los dragones continuaban con estandartes y guiones, ya casi siempre carmesíes, con las armas del Regimiento en una de sus caras y las Reales en la otra, siendo de destacar el Regimiento del Príncipe, que usaba estandartes azules, y el de Dragones del Rey, que aún utilizaba un guión Coronel blanco con las armas del Conde de Monterrey.





GUERRA DE LA INDEPENDENCIA (1808-1814)



A lo largo de la guerra (1808-1814), prácticamente todos los Regimientos se vieron forzados a renovar sus banderas, bien por haberlas perdido en combate, como debido a las sucesivas reformas a que fueron sometidos.

Estas nuevas banderas, en lo que respecta a los cuerpos regulares ya existentes antes de iniciarse la contienda, y dado que no se publicó ninguna nueva R.O., correspondían, en líneas generales, al modelo 1762. Pero cuando en 1812 se redujo la fuerza de todos ellos a tan solo 1 Batallón, con lo que deberían reducir sus banderas a tan solo la Coronela, se produjo la aparición de un nuevo modelo, no generalizado, en el que el escudo Real figura sobre el cruce del aspa roja de Borgoña, simbolizando tal vez la fusión en una sola de las anteriores Coronela y sencilla.

Este modelo coexistió con los anteriores, y sus variantes de confección y detalle son inmensas, destacando por su fácil identificación, el que he denominado "submodelo Cádiz", caracterizado por un recio galón rojo, que rodea al escudo central, y otro negro que bordea los brazos del aspa.







En cuanto a los nuevos Batallones y Regimientos creados durante la contienda, adoptaron banderas de diseños muy diversos, reutilizando incluso algunas viejas depositadas en iglesias, y aunque la mayoría usó banderas blancas, también las hubo negras, carmesíes y rojigualdas, así como que bastantes permanecieron por largos periodos sin bandera, dadas las especiales circunstancias del momento.


 


Como al comenzar guerra las tropas del intruso José Bonaparte llevaban banderas blancas, es posible que debido a ello empezase a popularizarse entre las tropas terrestres leales a Fernando VII la Bandera Bicolor, como la enarbolada durante el Sitio de Gerona, hoy conservada en el Museo del Ejército.



FERNANDO VII (1814-1833)













Reorganizado el Ejército en 1815, recuperaron los Regimientos de Línea su fuerza de 3 Batallones, recibiendo nuevas banderas blancas, 1 por Batallón: Coronela la del 1º y sencillas las del 2º y 3º. Respecto a las Coronelas, aunque todas seguían midiendo aproximadamente. 1´45 x 1´45 m. y tenían el escudo Real en su centro y el del Regimiento en sus esquinas, ahora había desaparecido la unidad de diseño existente hasta entonces, y encontramos unas similares al modelo 1762, otras con leones, aspa y escudetes, otras con las armas Reales rodeadas de banderas y trofeos, otras con cintas con el nombre del Regimiento bordado, etc.

Destaca por su difusión un modelo lamentablemente no adoptado por todos, en el que el escudo Real figuraba sobre el cruce del aspa, y correctamente bordado en ambas caras, ya que hasta entonces el escudo siempre había aparecido invertido en el reverso.

La Guardia Real fue reorganizada, desapareciendo las Guardias Españolas y Walonas, que pasaban a convertirse en 1º y 2º de la Guardia, si bien sus banderas seguirían siendo las mismas: la Coronela del 1º morada con un castillo de oro bordado en su centro y sembrada de lises del mismo metal, y las sencillas blancas con el escudo real en su centro, entre dos grandes leones y sobre el cruce del aspa. El 2º usaba las antiguas banderas de las Walonas: Coronela blanca y sencillas azules, todas con el mismo diseño que las sencillas del 1º.

En 1820 fue creada la Milicia Nacional, señalándosele banderas moradas con el escudo cuartelado de Castilla y León en su centro y el de la localidad que daba nombre a cada Batallón en sus esquinas, pero ese mismo año se anuló dicho modelo por otro rojigualda con el lema CONSTITUCION sobre su franja central, y el nombre de la provincia y la localidad en las dos rojas.

En 1821 se redujo el número de estandartes y guiones de caballería y dragones a tan solo 1 por Regimiento.

Durante el Periodo Constitucional de 1821- 1823, tras la sublevación del General Riego, fue abolido el uso de las banderas, ordenando las Cortes la sustitución de todas las banderas y estandartes del por unas enseñas consistentes en un león de bronce que sostenía, con una de sus garras, el libro de la Constitución. Debido a la Guerra Civil que azotaba el país (1820-1823) esta medida no pudo llevarse a efecto, llegando a entregarse tan solo 1 león de bronce al 2º Batallón del Regimiento Asturias, por haber sido el primero que con el general Riego proclamó la Constitución de Cádiz en Cabezas de San Juan (1820). Finalizado este periodo, se volvió al uso de las banderas tradicionales.



En 1823 regresa Fernando VII al poder absoluto, decretando la disolución de todo el ejército y de la Milicia Nacional. A continuación crea varios Regimientos sin nombre con un número como única identificación, a los que dota de banderas Coronelas y sencillas, en unos casos nuevas, con una corneta y el número del Regimiento en sus esquinas, y en otras reutilizadas de los cuerpos de realistas que, creados en 1822, habían formado el llamado Ejército de la Fe, y reconducido a Fernando al poder absoluto.

El 11 de octubre de 1824, se concedieron las dos primeras corbatas de la orden de San Fernando, a los Batallones de Guías y Lealtad, por su participación en el Sitio de Cádiz en 1823.







En 1826 volvieron a tener nombres propios los distintos Regimientos, y poco a poco se fueron dotando de banderas con sus armas en las esquinas, conformes a los varios modelos descritos al referirnos a 1815. Hay que destacar que el Regimiento del Rey recibió por fin en 1830 Coronela y sencillas moradas, vieja aspiración que siempre le había sido denegada, así como que en 1832 la Reina María Cristina entregó al primer Regimiento de cada Arma una lujosa bandera o estandarte dedicado, que en varios casos sería utilizada hasta 1931.

La caballería absorbió al Arma de Dragones, pero sus Guiones fueron adoptados por los Regimientos de Caballería Ligera, mientras que la Caballería de Línea continuó con sus Estandartes cuadrados, siendo ya todos de damasco carmesí.

Pese a lo dicho, las Milicias Provinciales no fueron disueltas en 1823, y por lo tanto continuaron con sus banderas anteriores.







En 1833 se entregó al nuevo Regimiento de la Princesa sus banderas, que tenían el privilegio de ser las tres Coronelas, y en 1835 al Regimiento Reina Gobernadora se le entregaron igualmente las suyas, con la peculiaridad de que el reverso de su Coronela, y las dos caras de sus sencillas, lucen en su centro una gran corona de laurel con el lema " LA REYNA GOBERNADORA A LOS DEFENSORES DE YSABEL II SIMBOLO DE LA LIBERTAD", en vez de las armas Reales o el aspa roja de Borgoña.

Los demás Regimientos continuaron con sus banderas anteriores, todas blancas menos las moradas del Regimiento del Rey, hasta la conclusión de la guerra Carlista (1833-1840), y en 1841, al ser reorganizado el ejército fueron muchos los Regimientos que renovaron sus banderas por otras similares a las anteriores, y con la única novedad de que sus corbatas tienen ahora flecos, detalle del que habían carecido hasta entonces.

El 6 de Junio de 1842 se autorizó que de los Batallones de Milicias de Castilla y de Valencia, pudiesen usar Coronelas moradas.

La Artillería siguió con su Coronela blanca y sencillas azules, los ingenieros con las suyas moradas, y la caballería con sus estandartes y guiones carmesíes.







Bajo el reinado de Isabel II se amplió el uso de la Bandera Bicolor al Ejército de Tierra, procediéndose así a unificar la bandera española. Por Real Decreto de 13 de octubre de 1843 se dispuso la sustitución de todas las enseñas del Ejército por otras nuevas rojigualdas, colores hasta entonces utilizados por la armada y por algunos Batallones de la Milicia Nacional, ya que habían ido tomando carácter de símbolo liberal, frente a las blancas, también utilizadas por los carlistas durante la pasada Guerra Civil. Por el citado R.D. en adelante las banderas deberían ser todas rojigualdas, de 1,47 x1,47m, desapareciendo la diferencia entre Coronelas y sencillas, pues todas tendrían en su centro un escudo circular con las armas Reales, reducidas al cuartelado de Castilla y León, con las lises en su centro y la granada en punta, colocado sobre el cruce de una pequeña aspa roja de Borgoña y rodeado por una inscripción en letras negras con el Arma, número y batallón del Regimiento.

Las corbatas deberían ser una amarilla y otra roja, y además aquellos regimientos que antes usasen banderas moradas podrían usar otra corbata de dicho color como distintivo.

En 1844 se autorizó al Regimiento de Infantería de San Fernando a bordar en sus cuatro esquinas un óvalo con una llave, en recuerdo de la toma del castillo de Figueras, en 1811.

Hacia 1850 se modificó el lema que debería rodear al escudo central, pues además del número del Regimiento comenzó también a figurar su nombre.

Pese a lo dispuesto, la adopción real de las nuevas banderas rojigualdas de infantería no se finalizó hasta 1846, y el Regimiento de la Reina Gobernadora seguiría usando las suyas blancas hasta 1854, mientras que el del Rey, por concesión de 1851, no abandonaría su Coronela morada hasta 1931.

Algo parecido ocurrió con la caballería, pues el Regimiento del Rey y el de la Princesa seguirían con sus estandartes carmesíes hasta 1931, e igualmente los ingenieros, que tras varias concesiones, en 1850 y 1886 seguiría con sus moradas, y con la artillería, que continuaría con las suyas azules, y que en 1861 las pasó a tener moradas.



GOBIERNO PROVISIONAL(1868-1871)

Durante el Gobierno Provisional se dispuso que en el escudo se sustituyese la corona real por otra mural, que se añadiesen a sus dos lados las columnas de Hércules, y que el cuartelado fuese de Castilla, León, Navarra y Aragón, pero no conocemos ninguna bandera militar en la que esto se cumpliese en su totalidad, aunque sí algunas banderas de voluntarios de Cuba adoptaron el nuevo cuartelado, sin lises, pero con la corona Real.







Amadeo de Saboya volvió al modelo de 1843, pero dispuso que el escusón central de las lises se sustituyese por otro de la casa de Saboya, rojo con una cruz blanca. De este modelo solo conocemos 2 banderas de Ingenieros y otras 2 del Regimiento Bailén.





La Primera República dispuso la supresión de todos los símbolos reales de los escudos, corona, y lises, y aunque se proyectó la adopción de una nueva bandera tricolor, roja, blanca y azul, al final esta no se modificó.







Con el regreso a España de la casa de Borbón, todo continuó como en 1843, incluidas las excepciones en el uso de las banderas rojigualdas, siendo únicamente destacable la reducción en el número de banderas a tan solo una por regimiento, por R.O. del 31-XII-1904, debiendo conservar en uso cada Regimiento la de su batallón que tuviese la corbata de San Fernando, y en caso de duda la del 1º.

A partir de entonces muchos Regimientos desbordaron el indicativo del número del Batallón en su bandera, y aquellos que la recibieron nueva lo hicieron ya con la inscripción de tan solo el nombre y el número del Regimiento.










Hacia 1923 algunos cuerpos del Ejército de Africa recibieron unas peculiares banderas rojigualdas, de aproximadamente 1x1m, con flecos dorados al canto, el emblema del arma en una de sus caras, o en las esquinas del paño, y con su vaina discontinua, detalle este nunca visto en España hasta entonces.







De esta época, y por su curiosidad, hay que reseñar la llamada Bandera de Percha o de mochila. Esta era una bandera que se entregaba a cada soldado y que servía para tapar el equipo colocado en el vasar o percha de los dormitorios. En el combate, la llevaba en la mochila, y si moría era enterrado envuelto en ella.

Tenían impreso el escudo de la Unidad sin colores.

















El 14 de Abril de 1931 fue derrocada la Monarquía y proclamada la 2ª República, viéndose ya desde el primer momento banderas tricolores, roja, amarilla y morada, simbolizando al nuevo régimen, en vez de la anterior rojigualda, considerada entonces monárquica.

Oficialmente fue adoptada el 27 de Abril, y el 6 de Mayo fue descrita con carácter general para el ejército, como formada por tres franjas horizontales de la misma anchura, respectivamente roja, amarilla y morada, con el escudo adoptado en 1868 por el Gobierno provisional en su centro (cuartelado de Castilla, León, Aragón y Navarra, con la Granada en punta, timbrado por corona mural y entre las dos columnas de Hércules), rodeado por inscripción bordada con el nombre de la unidad, siendo negras las letras que figuraban en su mitad superior, y blancas las que se sitúan sobre la franja inferior morada. Otra novedad son sus menores dimensiones, de tan solo 1 x 1 m., así como la presencia de flecos dorados en el contorno de todas ellas, detalle hasta entonces solo apreciado en algunas banderas del Ejército de Africa.

No podemos pasar por alto los dos grandes errores en los que se incurrió con este cambio:

1º: La Bandera Bicolor no era la bandera monárquica, como lo demuestra el hecho de que en los Decretos Reales, al referirse a ella, se emplea el termino de BANDERA NACIONAL, existiendo aparte el Pendón Real el cual sí era privativo del monarca y que, curiosamente, en la época de Isabel II era de color morado.

2º: El Pendón de Castilla no es morado, sino carmesí. La confusión existente acerca del color del pendón castellano nació en el siglo XIX, cuando una de las múltiples sociedades secretas, que tanto proliferaron en aquella época, tomó el nombre de "Comuneros" y adoptó el color morado como distintivo, sin que tuvieran ninguna relación con los verdaderos Comuneros que, cuatro siglos antes, habían enarbolado el pendón carmesí en Villalar.



Bando Gubernamental



Inmediatamente después de iniciarse la guerra, se decretó el licenciamiento de toda la tropa y la supresión de todos los regimientos del Ejército, aun incluso de aquellos que habían permanecido fieles a la república, dejando así de utilizarse en dicho bando las enseñas reglamentarias correspondientes al modelo 1931.

El lugar del ejército fue reemplazado inicialmente por los numerosos cuerpos de milicias creados por los distintos partidos políticos, los cuales adoptaron casi siempre banderas rojas, o rojinegras en el caso de los anarquistas, con el nombre de la unidad bordado, y en muchos casos simplemente pintado, en letras blancas o amarillas. En estas banderas, que podríamos llamar de emergencia, por haber sido confeccionadas con gran premura dadas las circunstancias, no era tampoco extraña la presencia de emblemas de carácter partidista, como la hoz y el martillo, un puño cerrado, o el escudo de algún sindicato.

Este mismo tipo de enseñas fue adoptado también inicialmente por los batallones de Internacionales, distinguiéndose estas por la presencia de lemas escritos en su lengua de procedencia.

Por sucesivas disposiciones del 28 y 30 de Noviembre, y 4, 7 y 16 de Octubre de ese mismo año de 1936 se decretó la formación del llamado ejército Popular, mediante la conversión de todas las milicias y voluntarios en Batallones reglamentados, agrupados de 4 en 4 en las llamadas Brigadas Mixtas. Simultáneamente, y para a lograr la ansiada unidad se dispuso que en adelante volviese a utilizarse únicamente la bandera tricolor republicana, con el nombre de la unidad bordado alrededor de su escudo central, el cual en ocasiones no sería el cuartelado, sino otros emblemas, tales como el "emblema antifascista de Madrid" que figuraba en las banderas dadas por el General Miaja a las Brigadas Internacionales.

Pese a tal disposición fue muy frecuente el que bastantes unidades siguiesen usando además "extraoficialmente" sus anteriores banderas cargadas de recuerdos y dedicatorias.

Bando Nacional

Inicialmente se continuó con la tricolor republicana, pero ya en Pamplona el 18 de Julio pudo verse a algunos requetés con la bandera rojigualda. El 29 de Agosto se restableció oficialmente el uso de dichos colores, medida que se amplió el 19 de Septiembre por otra en la que se indicaba como la bandera nacional volvía a ser la rojigualda anterior a 1931, pero con el actual escudo en su centro (el republicano) y sin que "por ahora" llevasen inscripción alguna.

En la práctica los Regimientos veteranos se limitaron a ocultar con una franja de paño rojo la morada de sus banderas y estandartes de 1931, dando así lugar a un curioso modelo de enseña rojigualda, con sus tres franjas de la misma anchura y el escudo republicano en su centro. Solo las nuevas unidades construyeron nuevas banderas rojigualdas, con su franja central el doble de ancha que las extremas, y con el escudo de 1931 en su centro, siendo ignorada, en la mayoría de los casos, la indicación de que no se colocasen inscripciones a su alrededor.

En cuanto a las Milicias de Falange y Requeté, si bien los primeros usaron inicialmente sus propias banderas rojinegras, los segundos adoptaron ya desde el comienzo y de forma casi unánime, la bandera rojigualda, cargada, eso sí de imágenes religiosas y escudos Reales.

Resulta curiosa en este periodo la gran proliferación de banderines y guiones de mando, de colores y diseños sumamente diversos, y casi siempre carentes de toda reglamentación.

El 2 de Febrero de 1938 se dispuso que en adelante el escudo central de las banderas y estandartes sería el de los Reyes Católicos, que por el momento quedó identificado como el mismo republicano, pero timbrado por corona real abierta y colocado sobre el pecho del águila negra de San Juan. Pese a ello casi todas las unidades continuaron con sus anteriores enseñas hasta el final de la contienda.









Concluida la Guerra, y pese a la reorganización del Ejército, muchos cuerpos continuaron, de momento con sus rojigualdas improvisadas en el 36, pero a partir de 1940 comenzaron a entregarse nuevas enseñas, cuya principal novedad consistía en que el escudo que figura sobre el águila ha adquirido nuevos cuarteles, convirtiéndose en el mismo que adoptaron los Reyes Católicos tras la toma de Granada, tal y como se dispuso, pero se incumplió, en 1938 y las columnas de Hércules se desplazan hasta fuera de las alas.



El 26 de Julio de 1945 se decretó la supresión de los guiones de mando, que tanto habían proliferado durante la Guerra Civil, y el 11 de Octubre se publicó un detallado reglamento de banderas, que fijaba el modelo de bandera rojigualda ya en uso, pero definiendo mejor sus detalles, destacando un mayor estilizamiento del águila de San Juan, hasta entonces algo rechoncha, así como el nombre de la unidad, que bordado en letras negras volvía a figurar oficialmente (pues extraoficialmente ya lo había hecho) alrededor del escudo central.









Desde la muerte de Franco, en 1975, y hasta 1977, se prosiguió con el reglamento de 1945.

El 21 de Enero de 1977 se aprobó un nuevo reglamento que difería del anterior tan solo en que el águila tenía sus alas mucho más abiertas, (águila "pasmada"), las columnas de Hércules vuelven a colocarse dentro de las alas, y la cinta con el lema UNA GRANDE LIBRE se desplaza del cuello del águila, para situarse por encima de su cabeza. No se construyeron muchas banderas con este escudo.



Por último, y tras la restauración de la Casa de Borbón en el Trono español, en la persona de S.M. D. Juan Carlos I, se publicó en 1978 la Constitución Española, cuyo artículo 42 en su apartado 12, dice:



"La Bandera de España está formada por tres franjas horizontales, roja, amarilla y roja, siendo la amarilla de doble anchura que cada una de las rojas".





El 5 de octubre de 1981, la Ley 33/1981, (BOE nº 250, de 19 de octubre de 1981) define el nuevo Escudo de España.



El 28 de octubre de 1981, la Ley 39/1981, de 28 de octubre (BOE nº 271, de 12 de noviembre), sobre el uso de la bandera de España y de otras banderas y enseñas, dice en su artículo 2.2: "En la franja amarilla se podrá incorporar, en la forma que reglamentariamente se señale, el escudo de España".

El 20 de Octubre de 1982 se ordenó que todas las banderas que tuviesen menos de 50 años (es decir, todas menos la de la Academia General Militar) fuesen sustituidas por otras nuevas del modelo 1981, cuya diferencia con el anterior consiste en que el escudo del águila ha sido sustituido por otro cuartelado de Castilla, León, Aragón y Navarra, con la Granada en punta y el escusón central de la casa de Borbón, timbrado por corona Real y entre con las columnas de Hércules a sus costados.

Debe recordarse que no existe un Escudo constitucional, sino una bandera constitucional, que es la bandera sin escudo, ya que el Escudo de España no aparece en la Constitución, sino en una Ley posterior.





Artículo 1º. El escudo de España es cuartelado y entado en punta. En el primer cuartel, de gules o rojo, un castillo de oro, almenado, aclarado de azur o azul y mazonado de sable o negro. En el segundo, de plata, un león rampante, de púrpura, linguado, uñado, armado, de gules o rojo y coronado de oro. En el tercero, de oro, cuatro palos, de gules o rojo. En el cuarto, de gules o rojo, una cadena de oro, puesta en cruz, aspa y orla, cargada en el centro de una esmeralda de su color. Entado de plata, una granada al natural, rajada de gules o rojo, tallada y hojada de dos hojas, de sinople o verde.

Acompañado de dos columnas de plata, con base y capitel, de oro, sobre ondas de azur o azul y plata, superada de corona imperial, la diestra, y de una corona real, la siniestra, ambas de oro, y rodeando las columnas, una cinta de gules o rojo, cargada de letras de oro, en la diestra "Plus" y en la siniestra "Ultra".

Al timbre, corona real, cerrada, que es un círculo de oro, engastado de piedras preciosas, compuesto de ocho florones de hojas de acanto, visibles cinco, interpoladas de perlas, y de cuyas hojas salen sendas diademas de perlas, que convergen en un mundo de azur o azul, con el semimeridiano y el ecuador de oro, sumado de cruz de oro. La corona, forrada de gules o rojo.

Artículo 2º. El escudo de España, tal como se describe en el artículo anterior, lleva escusón de azur o azul, tres lises de oro, puestas dos y una, la bordura lisa, de gules o rojo, propia de la dinastía reinante.

Artículo 2º. 1. La bandera de España, de acuerdo con lo preceptuado en el artículo cuarto de la Constitución española, está formada por tres franjas horizontales, roja, amarilla y roja, siendo la amarilla de doble anchura que cada una de las rojas.



2. En la franja amarilla se podrá incorporar, en la forma que reglamentariamente se señale, el escudo de España

El 20 de Octubre de 1982 se ordenó que todas las banderas que tuviesen menos de 50 años (es decir, todas menos la de la Academia General Militar) fuesen sustituidas por otras nuevas del modelo 1981, cuya diferencia con el anterior consiste en que el escudo del águila ha sido sustituido por otro cuartelado de Castilla, León, Aragón y Navarra, con la Granada en punta y el escusón central de la casa de Borbón, timbrado por corona Real y entre con las columnas de Hércules a sus costados.

Debe recordarse que no existe un Escudo constitucional, sino una bandera constitucional, ya que el Escudo de España no aparece en la Constitución, sino en una Ley posterior.

Juan Álvarez Abeilhé
La Bandera
Curso Vexilología
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Ley 39/1981, de 28 de octubre (BOE nº 271, de 12 de noviembre). Uso de la bandera de España y de otras banderas y enseñas.



Ley 33/1981, de 5 de octubre (BOE nº 250, de 19 de octubre de 1981). Escudo de España.



REINADO DE JUAN CARLOS I



ESTADO ESPAÑOL:GOBIERNO DE FRANCO (1939-1975)





GUERRA CIVIL (1936-1939)



II REPÚBLICA (1931-1936)



Bandera de Percha.



ALFONSO XII Y ALFONSO XIII (1875 - 1931)





PRIMERA REPÚBLICA (1873-1874).



AMADEO I(1871-1873)











ISABEL II ( 1833-1868)











CARLOS IV (1788-1808)





CARLOS III ( 1759-1788)



FERNANDO VI (1746-1759)





31 de enero de 1734:



R.O. 12 julio 1728:



1724:



28 febrero 1707:



R.O. 28 septiembre 1704:



FELIPE V



CASA DE AUSTRIA.


FUENTE: ejercito.mde.es